¿quién le está dando el desayuno para cobrárselo mañana?
Sé bien que hablar sobre el trabajo infantil no es exclusivo de México, es ya un problema social muy grave a nivel mundial, pero me resulta cada vez más indignante saber que pertenezco a una sociedad que se va desarrollando con desequilibrios regionales, un crecimiento urbano, dispersión y aislamiento de la población rural. En este proceso se incorporan cada vez más contingentes de niñas y mujeres, en busca de más opciones de ingreso.
Mónica tiene 12 años, no asiste a la escuela, con bastante dificultad lee algunos párrafos en la computadora. “No leo bien porque me ha ido mal en la escuela y mi mamá me castigó por eso ahora trabajo”, dice.
El trabajo infantil no debe ser una ocupación de la niñez abandonada o de menores que se hayan fugado de su casa. Los niños que trabajan deberían estar en la escuela, en lugar de salir a las calles o talleres a laborar y retornan a sus hogares para dormir.
Mónica trabaja en un negocio de comida. En México se ha fomentado con gran intensidad la creación de empresas familiares, con un interés constante de mano de obra barata. Para la UNICEF el trabajo infantil tiene diferentes modalidades que pueden plantearse desde el trabajo doméstico, servil, la explotación sexual, el trabajo en la calle, o el trabajo para la familia.
En los “changarros” -como lo nombró el ex presidente Vicente Fox el sexenio pasado o como lo refinaron ahora en este nuevo sistema de gobierno y lo llaman “empresas familiares”-, se contratan a pequeños con situaciones que distan mucho de un buen trato y de una buena remuneración. Ya no nos resulta extraño recorrer las calles, plazas y avenidas y toparnos con niñas y niños trabajando de diversa manera.
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