De cuando era feliz e indocumentada

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En qué nos hemos convertidos

Hace algunas semanas que no escribo para Cayena. Así que el domingo, bien temprano en la mañana, me dispuse a escribir un artículo que había imaginado ingenioso y divertido. Pensaba escribir sobre la influenza porcina y de cómo la gente, amén de todas las precauciones, tratan de burlarse de virus enviándoles mascarillas protectoras virtuales a sus contactos en Facebook o de cómo ya está disponible en internet un juego que consiste en matar puerquitos.  Tenía todo los datos a manos, mejor aún, tenía el tiempo y el ánimo suficiente para escribir durante un rato.

Entonces se me ocurrió leer la prensa primero. Y lo que se vislumbraba como una mañana feliz, presagio de un día largo pero tranquilo, se convirtió en tristeza, indignación, impotencia y mucha, mucha rabia.

“Decapitan en plena calle a un haitiano en  barrio de Herrera” fue lo primero que leí al abrir el enlace del Listín Diario digital. Algo para lo que no tengo palabra se apoderó de mí.


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Última actualización ( Jueves, 07 de Mayo de 2009 02:08 ) Leer más...
 
 

De Wall Street a los clubes para caballeros


Más que una noticia parece el argumento de una película de Hollywood: mujeres que hasta  hace poco  desempeñaban cargos como bróker y analistas financieras son ahora strippers en clubes nocturnos de Nueva York.

¿La razón? La crisis financiera, que se tragó sus empleos junto con el de miles de ciudadanos, no les dejó otra opción.


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Última actualización ( Viernes, 03 de Abril de 2009 02:43 ) Leer más...
 
 

Bebes a la carta

Todos los seres humanos hemos idealizados alguna vez los hijos que quisiéramos tener. Cuando no soñamos con tener hembritas, lo hacemos con tener varoncitos parecidos a sus padres.

Casi todas las mujeres embarazadas se han extasiados en pensamientos como “me gustaría que mi bebe tenga mi pelo, y los ojos de su padre. Que sea tan alto como él y tan inteligente como yo”.

Incluso hay consejos para que no pase lo contrario, que nuestros hijos terminen pareciéndose a alguien que no quisiéramos: “no le cojas mala voluntad a nadie durante tu embarazo o la criatura saldrá igualita que el objeto de tus odios”.


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Nadya Suleman y sus 14 hijos

Tener desarrollado el instinto maternal por encima de la media de las mujeres no es criticable al menos que este instinto vaya a la par con el suicida o, peor aún, homicida.

Porque sólo podría compararse con una suicida una mujer que tiene seis hijos (uno de ellos autistas y dos con necesidades especiales), no tiene trabajo desde el 1999, debe una fortuna en préstamos estudiantiles, recibe ayuda del gobierno para poder alimentar a su familia, está soltera y a pesar de todo esto busca deliberadamente embarazarse no de uno sino de ochos embriones.

Todo lo que he leído en la prensa sobre Suleman me resulta imposible de creer. La vida de esta mujer es simplemente de película. No por casualidad un experto en comportamiento humano comentaba en una de las historias que la prensa publicó sobre ella que Suliman necesita ayuda urgente pues es incapaz de percibir la realidad como lo hacemos el resto de los mortales.

Para ella no había ningún problema en traer ocho niños a un hogar que de por sí ya era un desastre y siguió adelante con su plan a pesar de los consejos de su madre y de las protestas que mucha gente realizó frente a su hogar.

Tampoco, hay que decirlo, han faltado quienes aseguran que Suleman es una madre entregada, que el desorden y el reguero que reinan en su hogar en nada menguan el amor de ella por sus hijos. Y yo  me pregunto qué clase de amor será este que no se pregunta cómo va a mantener a estos 14 niños, de dónde sacará tiempo para darle la atención  y el cuidado que cada uno necesita, cómo hará ella para hacer sentir a cada uno de estos 14 seres humanos personas especiales y valiosas.  Cuando en una entrevista televisa la periodista le comentó que una de las preguntas que la gente se hace es cómo podrá mantener a esta numerosa familia sin tener un trabajo ella contestó que “entregándome a cada uno de mis hijos, dándome por entera”. 


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¿Cuántas libras se necesitan para ser feliz… o infeliz?

Viendo unos de los programas nocturnos de farándula gringa me enteró de que su nueva víctima es Jessica Simpson, quien se presentó, después de una  relativa ausencia en los medios,  en un concierto de música country con unas libritas de más. Como no soy y espero nunca ser  fan de la novia de Tony Romo, cambio de canal en busca de algo mejor.

Unos cuantos canales más abajo me encuentro con la promoción de una máquina para hacer ejercicios tipo pilates. Las mujeres que salen en el video aseguran que han perdido 35 libras, 40 libras, que han bajado cinco tallas en vestido. Me quedo  mirando un rato el video promocional y calculo que esa máquina cabría a la perfección en mi habitación. Pero 350 dólares más el envío me hacen cambiar de opinión… y de canal. Paso las series que veía cuando yo era adolescente (me sorprende que todavía las transmitan), los noticieros, el canal del estado del tiempo, hasta que doy con un canal donde se promociona una técnica para rebajar basada en música latina. Por supuesto, el merengue no falta. Pero eso que esas mujeres están bailando será cualquier cosa menos merengue.  La diferencia, parece, no importa, porque merengue o no han logrado rebajar al ritmo de los contagiosos ritmos latinos. Por lo menos eso aseguran ellas, y también sus esposos, que salen en los videos sonriendo y dando apoyo a sus mujeres, que aseguran que hoy son más felices, pues son, incluso, una talla menos que cuando estaban en la secundaria.

A mi todo eso me parece bien. Siempre he sido de la opinión de cada quien debe a hacer lo que esté a su alcance para sentirse bien. Y si lo que te hace sentirte bien es entrar sin problemas en ese pantalón que tan bien se le ve al maniquí (que de seguro es talla 0), entonces matate a dieta, haz ejercicios como una desquiciada, rechaza toda tentación que venga camuflageada como chocolate, prefieres las versiones light (aunque ni por asomo sepan igual) de tus productos favoritos.

Que quede claro, yo hago muchas de las cosas que antes cité, sólo que procuro no poner en mi peso, que puede fluctuar tan fácilmente al ritmo de mis propias hormonas o de mis preocupaciones, mi felicidad.


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