En qué nos hemos convertidos
Última actualización (Jueves, 07 de Mayo de 2009 02:08)
Hace algunas semanas que no escribo para Cayena. Así que el domingo, bien temprano en la mañana, me dispuse a escribir un artículo que había imaginado ingenioso y divertido. Pensaba escribir sobre la influenza porcina y de cómo la gente, amén de todas las precauciones, tratan de burlarse de virus enviándoles mascarillas protectoras virtuales a sus contactos en Facebook o de cómo ya está disponible en internet un juego que consiste en matar puerquitos. Tenía todo los datos a manos, mejor aún, tenía el tiempo y el ánimo suficiente para escribir durante un rato.
Entonces se me ocurrió leer la prensa primero. Y lo que se vislumbraba como una mañana feliz, presagio de un día largo pero tranquilo, se convirtió en tristeza, indignación, impotencia y mucha, mucha rabia.
“Decapitan en plena calle a un haitiano en barrio de Herrera” fue lo primero que leí al abrir el enlace del Listín Diario digital. Algo para lo que no tengo palabra se apoderó de mí.
Con más frecuencia de la que yo desearía en territorio dominicano se viven actos de xenofobia que me avergüenzan e indignan. Pero nunca había leído algo como esto.
Los vecinos de un hombre al que supuestamente un haitiano había matado –decapitándolo también- decidieron que ellos eran quienes debían hacer justicia. Fueron al barrio donde vivía el haitiano, lo buscaron, lo encontraron –algunos dicen que no era la misma persona-, lo llevaron a la calle donde vivía el dominicano que había sido asesinado, y allí, frente a la casa donde todavía se velaba su cuerpo, un hombre joven y fuerte decapitó al haitiano de un solo hachazo. Antes lo habían sometido a torturas innombrables.
Mientras leía la noticia sentía más y más rabia, y mucha tristeza por toda la gente que está involucrada en este hecho para el que ni siquiera encuentro un adjetivo.
Tristeza por el hombre fuerte y joven que hizo de verdugo, tristeza por el haitiano, tristeza por el señor cuya muerte empezó todo, tristeza por todos los lugareños que aplaudieron y celebraron esta muerte.
Tristeza por esa parte de la sociedad dominicana que vive situaciones como estas y pasa la página como si nada hubiera ocurrido.
Y mucha, mucha rabia, por el sistema judicial dominicano que recibe una querella en contra de un presunto asesino y ni siquiera se molesta en averiguar qué pasó, dejando todas la posibilidades abiertas para que sea la propia gente quien haga justicia.
Al terminar de leer la noticia tenía ganas de llorar. ¿Cómo llegamos a este punto en que el que somos capaces de celebrar la decapitación de un ser humano? ¿Cómo, cuándo, dónde nos convertimos en animales irracionales?
Preguntas que no tienen respuestas, o mejor dicho cuyas respuestas están tan enraizadas en la propia sociedad que se necesita más de una mañana para pensar en ellas, así como se necesita más de un domingo para arrancar toda la tristeza que esta noticia ha dejado en mí.






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