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Blanca Kais Barinas “Soy como la turmalina”

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Fotos: Franz B. Comarazamy

Blanca Kais Barinas escribe de las cosas que siente, sufre y disfruta. Escribe más cuando la atormenta una pena y en los momentos de soledad. “Ahí es cuando una se desborda y escribe con el alma”, me confiesa. Para esta mujer de 73 años publicar un libro es como dar a luz, regocijarse con la satisfacción de poder llevar a los demás lo que la embargó en el momento de la creación. Le alegra saber que el lector adaptará el libro a sus circunstancias y que con plena libertad lo verá a su manera. Se siente realizada cuando alguien le dice: “yo hubiera querido escribir eso mismo” o “eso es exactamente lo que yo quería expresar”.

Las letras siempre han sido la pasión de Blanca. Se gradúo en el Instituto Dominicano de Periodismo y entre los diversos cursos que realizó se cuentan el de economía política, en la Henry George School of Social Sciences, y el de Auxiliar de Bibliotecología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ha publicado dos libros de poemas, Las manos del tiempo (1998) y El giro azul (2006), y uno de cuentos, El compromiso (2006). Dos de sus relatos le valieron menciones de honor: en el concurso Casa de Teatro (2000) por “El compromiso”, y en el concurso Virgilio Díaz Grullón del Banco Central (2002), por “La visa de la abuela”.

Nuestro encuentro no fue planificado. Reconozco que tampoco fue fortuito. Si hubo un plan –nada maquiavélico–, fui yo quien lo ideó; si hubo un cómplice, su aspecto era azul y se llamaba “Programa”, que me llevó hasta el Pabellón de Autores Dominicanos de la recién concluida Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2009. Allí Blanquita –como el cariño me ha permitido decirle desde que nos conocimos– leería los versos de El giro azul. El ambiente era el más propicio, entrevistaría a la escritora y amiga después de que nos deleitara con su intervención. Ella no lo sabía, la tomaría por asalto.

Su sorpresa fue mayúscula, no se imaginaba que yo estuviera entre el público que la aplaudió al final de cada poema y mucho menos que la raptara hasta la sombra de unos árboles cercanos para tener por adelantado el intercambio que debía suceder dentro de un mes en su casa de San Cristóbal. Fue más bien una conversación entre dos amigos, en medio de la admiración y el respeto mutuos y el buen humor que nos caracteriza a ambos. De esa tarde maravillosa brotaron estas preguntas y respuestas que Revista Cayena recibe hoy con beneplácito. 



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