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Entre el sushi y el mangú, una domínico-japonesa en el mismo trayecto del sol

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Por Adrian Morales

Cada persona tiene una historia que contar, aunque un antiguo proverbio se empeñe en recordarnos que “no hay nuevo bajo el sol”. Desde el operario de grúa en un proyecto inmobiliario, la vendedora de flores en el parqueo del supermercado, la profesora de biología a punto de jubilarse o la haitiana que vende tarjetas de llamadas en el semáforo…, todos seres humanos con una novela personal.

Y qué decir de los héroes anónimos, esos que en algunas ocasiones ni saben que son héroes, pues su humildad no concibe que un simple gesto –mirada, sonrisa o frase– sea capaz de alegrarle el día a otra persona. Por la mente de Tania Indira De La Rosa Mukai tal vez no pase la idea de considerarse heroína anónima, pero sí la de tener una interesante historia de vida que vale la pena contar. Esta joven de 21 años, hija de japonesa y dominicano, puede darnos lecciones, no solo de lengua nipona, sino de firmeza y entrega, de superación y sacrificios.    

Sus abuelos llegaron a República Dominicana en junio de 1958, con su madre aun pequeña y otros miembros de la familia. Procedentes de la perfectura de Yamaguchi, cerca de Hiroshima, decidieron dejar Japón en busca de un mejor porvenir lejos del caos de la posguerra y en respuesta a la invitación del entonces presidente dominicano Rafael Trujillo, de brindar asilo a nacionales nipones en calidad de inmigrantes agrícolas.

Detrás de esas “buenas intenciones” estaba el plan del dictador de poblar las zonas fronterizas, principalmente, para evitar que los terrenos fueran tomados por haitianos. La Organización de Estados Americanos (OEA) le tenía los ojos encima por la masacre de haitianos de 1937, así que esta era la oportunidad perfecta para “blanquear la línea”. De ahí el surgimiento de colonias japonesas en las provincias de Dajabón, Pedernales, Altagracia, Duvergé y Neyba, y en los municipios de Constanza y Jarabacoa.

A la familia Mukai la ubicaron en Agua Negra, un campo de Pedernales. Les habían prometido varias tareas de tierra para cultivar café, pero lo que encontraron fueron unos pedregales imposibles de arar. Muchos inmigrantes se sintieron defraudados y traicionados por ambos gobiernos. Algunos acudieron al suicidio, otros siguieron para Perú y Brasil, donde ya existía una sólida comunidad japonesa, otros regresaron a su tierra y un grupo decidió quedarse en República Dominicana al no tener nada en Japón ni dinero para pagar el pasaje de regreso.

Hoy la familia de Tania sobrepasa los 30 miembros y sigue creciendo. “Sé que mis abuelos y mi bisabuela están felices en el cielo, al ver que a pesar de las dificultades sus hijos han logrado mantener la cultura japonesa viva en las nuevas generaciones. Eso pretendo hacer con mis hijos, por sus venas correrá sangre nipona y los haré sentir especiales por ello”, afirma Tania con visible orgullo.




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