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“La muerte de mi madre no valió la pena”

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Texto y fotos por Itania María

Vicente Noble. “Me siento orgullosa de ser su hija. Siempre todo el mundo me ha hablado de ella; yo no tengo muchos recuerdos… me gustaría mucho que ella estuviera aquí conmigo”.

 

Cuando dos disparos cargados de racismo y xenofobia le arrancaron la vida hace 16 años, Lucrecia Pérez,  dejó un único retoño que en ese momento tenía apenas 6 años: dejó a Kenia, hoy día una hermosa joven que afirma -sin dudarlo ni un segundo- que la muerte de su madre, simplemente, no valió la pena. 

“Claro que no valió la pena… Habría preferido tener a mi madre viva aunque viviera en un techo aunque fuera de lodo,  porque en mi vida, mi madre está primero que todo”.

 

La noche del 13 de noviembre Lucrecia Pérez  y otros inmigrantes dominicanos estaban en el edificio abandonado de la discoteca Four Roses, en el sector de Aravaca, España.  Hasta ahí llegó la muerte en los corazones y manos del  guardia civil Luis Merino Pérez y los menores de edad Javier Quílez Martínez, Felipe Carlos Martín y Víctor Flores Reviejo.


Dos de los adolescentes, Javier y Felipe, de 16 años, abrieron la puerta a patadas, Luis Meriño, de 25, disparó su arma de reglamento cuatro  veces.  Dos de esos tiros  se llevaron la vida de Lucrecia, quien apenas tenía 33 años.  A los 14 días del asesinato, los autores fueron apresados.

 

“Cuando ella murió yo tenia 6 años,  me siento orgullosa de ser su hija, pero también  me  duele… me gustaría tenerla conmigo (…) me acuerdo pocas cosas de ella… cuando me llevaba a casa de mi tía y  yo no quería quedarme y me ponía a llorar”,   dice Kenia con voz baja.

 

Poco después del asesinato,  que por ser el primero por racismo y xenofobia en España, hubo grandes jornadas de protestas tanto de inmigrantes (no sólo dominicanos), de la parte de la sociedad española y de una contundente cobertura de la prensa, el gobierno español indemnizó a la pequeña Kenia y le otorgó una pensión hasta los 18 años (Sin embargo,  las autoridades españolas suspendió la entrega cuando la niña tenía 13 años).

Con el dinero de la indemnización,  el padre de  Kenia, Víctor Carvajal,  construyó  la casa que soñaba construir Lucrecia.


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